Es indiscutible el gran valor y riqueza del magnificat para cualquier cristiano. Basta con una rápida y superficial lectura para darse cuenta de ello. Pero limitarse a esta acción no es precisamente la mejor opción. De hecho, podría decirse que es contraproducente, dado que al limitarse a la superficialidad, la riqueza del magnificat que solo puede verse tras un detenido análisis, queda relegada a un segundo plano.

Al analizar la riqueza del magnificat palabra por palabra pronunciada por la magnífica Virgen María, consultando todas las referencias que hace al antiguo y nuevo testamento, todo su valor espiritual y teológico queda en evidencia. Un breve análisis de este estilo es lo que se pretender hacer en el presente artículo, pero ahondando solo al nivel de profundidad que permite la brevedad.

La riqueza del magnificat

La libertad humana es una característica muy presente en el trasfondo de la riqueza del magnificat. Al analizarlo, es algo que salta a la vista, especialmente en Lucas 1-45. Una bienaventuranza que está muy relacionada con la humanidad entera. En esencia, busca enseñarnos cómo quienes realizan los designios divinos son capaces de alcanzar no sólo la plenitud en sus vocaciones, sino también la cúspide de la felicidad humana.

Para entender esto, hay que comprender que la libertad humana se compone de fe, la cual le permite llegar a su culminación y su perfección.

La libertad humana

Si nos detenemos a analizar todavía más este punto de la riqueza del magnificat, partiendo del evangelio de Juan y el evangelio de Lucas, es posible llegar a la conclusión de que la libertad humana logra verificarse a través de la confianza y entrega hacia el prójimo. Y, en contraste, la libertad humana entra en detrimento cuando se busca encerrarla en sí misma.

De igual manera, nos queda claro que la libertad humana no es una cosa calculadora, sino que muy por el contrario, se realiza siempre desde y hacia el amor, con una indispensable base de gratuidad. De forma que sólo a Dios pede dársele una confianza sin límites ni condiciones, ya que sólo hacia él es posible expresar una voluntad humana de entrega absoluta.

Además, esto también nos enseña cómo una fe incondicionada y desnuda puede ser purificada por medio de los sentidos y el espíritu. Por lo cual no hay que olvidar que la salvación no se alcanza sólo a través de la obediencia a una ley exterior, sino con la entrega y amor absoluto hacia Dios, tal y como hizo María la magnífica.